• A Sanchez Piñol

    Votar o no votar

    De Albert Sánchez Piñol  en La Vanguardia

    Caffe Reggio, periodismo de opinión

    24 agosto 2014

     

    El tiempo corre veloz cuando la historia apremia. La frase podría ser de Shakespeare, y sin duda describe muy o bien la celeridad del debate soberanista. La primera reacción ante el proceso fue tan espasmódica, tan vitriólica y tan improvisada, que se dijeron auténticas barbaridades. De hecho, que el proceso avanza a una velocidad extraordinaria se constata por el hecho de que los siguientes argumentos, tan habituales hace tan sólo unos meses, prácticamente han desaparecido de la escena mediática.

    Un referéndum sobre la independencia de Catalunya tendría que celebrarse en toda España. Ni Canadá ni Gran Bretaña han planteado algo así respecto a Escocia o Quebec. El único precedente remotamente parecido fue el de la Francia de De Gaulle, que orquestó un referéndum sobre Argelia que en realidad era un puro trámite. España es muy francesa. Su proyecto siempre ha sido centralista y uniformizador. Si el autogobierno catalán existe no es gracias al PP o al PSOE, sino pese a ellos y su permanente hostilidad. Lo repito, el ideal de España siempre ha sido el francés: un Estado-nación, donde todo rasgo de diferencia cultural ha sido laminado. Por decirlo así: España es una Francia fracasada; Francia es una España exitosa.

    ¿Y qué ocurriría si Cornellà votara contra la separación? Este argumento lo he oído de l’Hospitalet de Llobregat, de Santa Coloma de Gramenet, Gavà, Cornellà, Cornellà y Cornellà. La verdad, si yo fuera de Cornellà, estaría hasta las narices. El problema es que quien así argumenta parte de la falsa idea de considerar Catalunya como una sociedad irremediablemente dividida en dos partes, la autóctona y la emigrada. Ello implica conocer muy poco la realidad sociológica catalana, muchísimo más propensa a la mixtificación que a la marginación. De hecho, un subargumento de la misma especie es el que afirma: “La mayoría de apellidos catalanes son de origen español; así pues, resulta inconcebible que sus portadores quieran separarse de España”. Pero cuando alguien intenta explicar que muchos Pérez, García o Márquez son independentistas, la reacción consiste en tildarlos ¡desde el bando españolista! de “charnegos agradecidos”. Pero en definitiva el argumento es más bien burdo: ¿por qué les preocupa tanto lo que voten en Cornellà si esas mismas voces hacen todo lo posible para que no vote nadie?

    El proceso soberanista está urdido por agentes totalitarios y nazis. Las organizaciones que impulsan el proceso, la ANC y Òmnium Cultural, son de un pacifismo radical, extremo. Su modelo es Gandhi; sus dirigentes, Carme Forcadell y Muriel Casals, un paradigma de civismo. En cuanto al señor Junqueras, si pidiéramos a un millón de personas que cerraran los ojos y visualizaran su oronda figura, su sonrisa feliz y su barriga satisfecha, sus ojos picassianos y su mirada de payés risueño, y les preguntáramos: “Ahora dígame, ¿qué objeto imagina usted que este hombre sostiene en la mano?”, estoy seguro de que 999.999 contestarían: “Un porrón”. El otro, el que hace un millón, diría “una pistola Luger”, y no lo dude usted: ese otro sería articulista de El Mundo. Aquí tendríamos que recabar la famosa ley de Godwin: “A medida que un debate se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”.

    Los argumentos carpetovetónicos. El auge soberanista, o mejor dicho, el deseo de combatirlo, propició un cúmulo de sandeces realmente insólitas. En periódicos serios llegué a leer que era absurdo que quisiera separarse una autonomía donde “un 70% de sus habitantes lee regularmente en castellano”. Me gustaría corregir al mal informado columnista: de hecho, el 100% de los catalanes leemos habitualmente en castellano, un patrimonio cultural del que ni el más feroz separatista quisiera prescindir. En otro medio me informé del “argumento hidrográfico”, según el cual la secesión era inviable puesto que no existían precedentes de dos países con tanta unidad de cuencas hídricas que pudieran vivir políticamente divididos. Sugeriría al vehemente autor que consultara la geografía de dos estados, nada remotos, que han conseguido tamaño logro: Portugal comparte con España sus cuatro ríos principales: el Miño, el Duero, el Tajo y el Guadalquivir. Y personalmente lamenté que un periódico de tanta solera como Abc sucumbiera a la indigencia retórica: el 21 de julio del 2012 publicó sus “Cien razones” contra la secesión que incluían desde un alucinante argumento 74, según el cual Catalunya nunca debería independizarse porque “Don Quijote pasó por Barcelona”, hasta un pasmoso argumento 94, que alegaba el “patrimonio gastronómico común” como obstáculo insuperable para que los catalanes se separen. En fin, por decir algo diré que conozco a una pareja noruega que cocina unas espléndidas paellas y no por ello ha pedido la nacionalidad española ni piensa renunciar a la suya. En cuanto a Don Quijote, angustia pensar lo que Abc reclamaría si a Cervantes se le hubiera ocurrido pasearlo por la Luna.

    Afortunadamente, y como decía al principio, toda esta cochambre intelectual parece haber sido barrida. Poco a poco la discusión se aposenta en su núcleo decisivo: votar o no votar. Soseguémonos, escuchémonos, razonemos.

    Y votemos de una puñetera vez.

Leave a reply.